Obesidad

#Crónica // Un día con un comedor compulsivo; por Sinar Alvarado

Tomado de : http://prodavinci.com/blogs/cronica-un-dia-con-un-comedor-compulsivo-por-sinar-alvarado/

Eran casi las once de la mañana y Wilson Santibáñez no había desayunado. Llevaba dos horas hablando, relajado en apariencia, contando su historia sin asomar el apetito. Wilson es un hombre robusto, alto, de espalda ancha, con su barriga amplia y floja que cae como un fardo sobre la cintura. Pero ese torso voluminoso se sostiene sobre dos piernas delgadas, de talla promedio, que tienden a juntarse en las rodillas.
Cuando por fin le sirvieron la comida, Wilson no abusó: solo una arepa con huevos y café.
—¿Quiere algo más?
—No, así está bien.
Dijo y comió en silencio, como lo haría cualquiera. Después confesó:
—Le digo la verdad: yo antes me mandaba dos almuerzos, cuando era flaco. Tomaba mucha gaseosa y mucha cerveza. Yo comía bastante porque me quería ver más gordo, másacuerpao —aquí frunce la boca en un lamento—. Y ya ve: se me cumplió el deseo.
Después del desayuno salimos de Funza, donde vive Wilson, rumbo al norte con su esposa y su hija para pasar el domingo en el Parque Jaime Duque. Sobre la carretera que lleva a Chía, cada tantos metros, vimos asaderos y puestos de fritanga que estaban allí para tentarnos. Pero Wilson los miró sin detenerse. Avanzamos por la vía y esa comida ignorada se fue quedando kilómetros atrás.
—¿A usted le gusta la carne?
—Sí, lo normal.
—¿Y hay algo que le guste comer especialmente?
—Los huevos. Yo antes que la carne prefiero comer huevos.
—¿Y come huevos con frecuencia?
—Todos los días. Tres o cuatro en el desayuno: fritos, revueltos, pericos…
Llegamos al parque a mediodía, y justo antes de entrar alguien ofreció mecato. Wilson, una vez más, se negó con un movimiento del mentón:
Gracias. Yo estoy bien.
Parecía que ese hombre, un comedor compulsivo diagnosticado, con 110 kilos de peso, empezaba a resistirse. Parecía que controlaba su ímpetu. Y si de eso se trataba, tenía mucho sentido: nadie quiere mostrar su mayor debilidad frente a los ojos de un desconocido....

Wilson Santibáñez, de 42 años, tiene un negocio de celulares; trabaja como vendedor desde los 14, y quedó huérfano a los siete. Su padre era mecánico de carros, trabajaba en Funza por las mañanas y en Bogotá por las tardes. Cuando terminaba su turno en la ciudad, cogía el bus de regreso a su pueblo. Pero un día se le atravesó la desgracia: el bus donde viajaba se incendió, y 45 vecinos del pueblo fallecieron, la mayoría calcinados. La viuda y sus dos hijos emigraron a Fontibón, y allí vivieron muchos años. Cuando la plata escaseó, los hijos empezaron a trabajar.
—Yo empecé como vendedor en el centro, y me puse a vender jugos. Me fue muy bien con los jugos porque yo los sabía vender. Yo hablaba con la gente y me empezaron a decir que montara mi negocio, que hiciera yo mismo los jugos pa vender. Y así hice. Después monté mi primer puesto de venta de gafas. Y desde esa época estoy trabajando en ventas.
—¿Y qué más ha vendido?
—De todo. Yo trabajé en televentas, y ahí se vende cualquier producto que camine bien. Yo viví en Ecuador, en Perú y en Bolivia, siempre como vendedor. Conozco toda Colombia porque me la caminé en ferias de ventas. Yo viajaba muchísimo, y venga le digo: adonde llegaba, yo comía mucho, porque uno siempre quería probar lo típico de cada sitio.
—¿Usted se considera un comedor compulsivo?
—No, yo como, pero como normal. A veces siento ansiedad por algún problema, y entonces ahí sí como bastante. Pero de resto no.
—Después de comer mucho, ¿se arrepiente?
—Claro, porque me subo de peso.
—¿Y siente que el sobrepeso le ha afectado la salud?
—Uy, muchísimo. Yo sufro gastritis, esofagitis, reflujo, dolor en las rodillas, en los tobillos, hipertensión, apnea del sueño…
La esposa de Wilson, sentada muy cerca en la sala de su casa, interviene:
—Él no puede dormir acostado normal. Tiene que dormir semiacostado, porque si no, se ahoga, se pone negro. A mí más de una vez me ha tocado sacudirlo de noche.
—Y no me doy cuenta, porque estoy dormido —dice Wilson—. Vea, yo me quiero rebajar es por ella (señala a su hija, que revolotea alrededor mientras él habla). Yo quedé huérfano y sé lo que es eso. Uno no quiere eso pa los hijos de uno. Yo quisiera vivir hasta los setenta años, pero toca cuidarse y ayudarse uno mientras hay tiempo.
Wilson y Sonia, que también sufre sobrepeso, viven preocupados por la salud de su hija.
—Nosotros estamos sufriendo algo, y no queremos que ella pase por eso —dice Sonia—. Cuidamos mucho lo que ella come. Y no la obligamos a comer, como hacían los papás de uno, que lo obligaban a comerse todo. Si ella quiere comer, come. Si no, come después.
Además de todas las dolencias internas, Wilson padece una externa: la psoriasis, una inflamación con escamas en la piel que puede tener origen hereditario y se exacerba con el estrés. Wilson levanta las manos cuando habla de ella:
—Esto se le alborota a uno con las angustias, y yo con los problemas de salud de la gordura tengo mucha angustia. Yo no descanso. Duermo, pero no descanso.
La psoriasis es un estigma visible, y parece ser, entre todos sus males, el que más le preocupa a Wilson. Por eso está decidido a operarse: pronto, si supera todos sus exámenes físicos, y si además se compromete a cambiar sus hábitos de alimentación, se someterá a un bypass gástrico que lo puede ayudar a bajar de peso. Wilson, como tantos otros pacientes, ha probado muchas dietas, pero ninguna le ha funcionado:
—Ya a uno le da rabia. Yo bajo de peso rápido, pero siempre vuelvo y me subo.
La hija de Wilson, una chica de cinco años delgada e inquieta, caminaba con bríos por el parque bajo un sol que cegaba. La niña daba saltos de alegría y de ansiedad, impaciente por subirse a todas las atracciones. Casi jalados por ese pequeño motor, Wilson y Sonia avanzaban despacio como un rebaño renuente.
Lo que siguió fue un largo recorrido: la casa de los espejos, la exposición de trajes típicos, el jardín de los dinosaurios y los botes en la casa embrujada. Durante dos horas de caminata, Wilson ni siquiera tomó agua. Semejante abstinencia ya lucía sospechosa.
La salida de la última atracción desembocaba en una enorme feria de comidas. Wilson tendría que pasar por allí; tendría que caminar entre grandes cantidades de comida expuesta y numerosos grupos de comensales. Cuando por fin salió, ya era la hora del almuerzo. Pero él, con indiferencia, se deslizó entre las mesas mirando siempre hacia delante.
—¿Cómo estamos de hambre?
—Normal— dijo.
—Podemos comer aquí, o al salir, en un sitio bueno de picadas que está aquí cerca.
—Como ustedes quieran. Si quieren seguimos y comemos más tarde.
Y seguimos en el tren rumbo al zoológico.
En la entrada estaban las iguanas: pequeñas alcobas de concreto con paredes de vidrio que permitían ver a esos reptiles quietos. Parado frente a una hembra grande y gorda, Wilson preguntó sin una gota de doble sentido:
—¿Las ha comido?
—Sí. ¿Y usted?
—Claro, son sabrosas. Y las huevas también.
Al lado estaba la sección de las serpientes: largos ejemplares que reptaban con parsimonia frente al asombro de los turistas. Wilson las señaló con humor:
—Quién sabe cuántas nos hemos comido sin saber. Se las meten a uno y dicen que es pollo.
Más adelante, frente al estanque de los patos, recordó sus días en Perú:
—Usted camina por la calle en el Barrio Chino de Lima y ve los patos colgados. Los hacen en el horno con laca. Sabrosos.
Pero el plato principal estaba reservado al final del recorrido: un escaparate con varios huevos de distinto tamaño. Había huevos de pato, de gallina, variados huevos de pájaros y enormes huevos de avestruz. Wilson se paró cautivado frente a la exposición, con los ojos abiertos:
—Con huevos así en el desayuno, ¿pa qué más?
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