martes, 20 de octubre de 2015

El niño emperador, ¿nace o se hace?


El síndrome del emperador es un trastorno de la conducta infantil que se manifiesta en forma de desafío, chantaje e incluso agresión a los padres, que han perdido toda autoridad para el menor. Este comportamiento abusivo del niño emperador se puede extender a otros adultos, que pueden formar parte o no de su propia familia.


Desde el punto de vista psíquico, la vida es un tejer y destejer de comportamientos sanos y enfermos. Pero en ese abanico de normalidad y de anormalidad existen muchos matices. Los dos extremos están claros: la locura y la salud mental. Generalmente ambas realidades no se dan nítidamente sino que están difuminadas en el amplio espectro de la conducta humana. ¿Dónde situar en este arco iris de alteraciones psíquicas a los niños con el síndrome del emperador? ¿Cuál es su origen? ¿Cómo evitar esa patología? ¿Cómo actuar con un niño emperador?



El niño desobediente y travieso

Juanito es un niño de seis años. Sus padres y profesores lo tienen catalogado como “muy inquieto”, con una gran dosis de irresponsabilidad, un poco mentiroso y desobediente, y con un rendimiento académico muy por debajo de sus posibilidades. Su actitud ante todo lo que le rodea es de ataque. “No me aceptan, luego los destruyo”, parece que pensara. Su postura ante los demás es de enfrentamiento, de desafío. Incluso llega a conductas de auténtico sadismo: hacer sufrir a los animales, golpear sin motivo a los compañeros más pequeños, etc. buscando siempre demostrar su dominio y poder. 

Algunos padres, en un intento por normalizar estos comportamientos, lo achacan a la edad o porque “son muy traviesos”. Pero existe la prueba del ‘algodón’ para saber si estos comportamientos son germen de una patología más grave (la psicopatía) o simplemente un momento de la evolución del niño: si no muestra signos de arrepentimiento ante la acción cometida y, por lo tanto, no es consciente del daño que ha podido hacer y además es frío y poco afectuoso, podemos sospechar que esos comportamientos pueden evolucionar hacia el “niño emperador”



Estas conductas pueden tener una doble lectura: la necesidad de autoafirmación o la expiación de una gran culpa inconsciente, a través del castigo que lleva anexo la propia acción agresiva. El niño necesita sentirse seguro y no encuentra otra salida que la agresión, la ruptura de las normas. Fantasea: “Cuanto más agreda, más fuerte seré”. Por otra parte, la misma conducta rebelde produce la imposición de castigos por el adulto, y de esta forma, el niño podrá expiar sus sentimientos de culpa inconsciente. El proceso es el siguiente:“Soy malo, luego tengo que lavar esa culpa a través de los castigos que me impongan los mayores”. Esto lleva a un círculo vicioso: ataca para autoafirmarse y expiar su culpa, y viceversa.



La forma de neutralizar la agresividad, como siempre, no es a través de comportamientos violentos, impositivos, sino a través del afecto. La oscuridad se vence con la luz. El odio se vence con el amor. La guerra se vence con la paz. Por esto, no podemos contestar con una conducta agresiva a la agresividad del niño. Estaríamos echando leña al fuego: la agresión se alimenta con la agresión.Lo que no es óbice para marcar las responsabilidades del niño e imponer un castigo adecuado a la falta que ha cometido



El niño emperador

El niño emperador no surge de forma espontánea o como por arte de magia sino que es como un peldaño más del niño desobediente o travieso que puede conducir, en la adolescencia, a la psicopatía o a ser un parásito en la adultez. La verdad es que este desarrollo no es lineal sino exponencial, pasando en poco tiempo de comportamientos medianamente controlados por los padres a situaciones desbordantes: huida de casa o conductas claramente delictivas. 



Las cifras son escalofriantes: en España desde 2007 las agresiones de menores a sus padres y abuelos han crecido cerca de un 60%, según datos de las memorias anuales de Fiscalía General del Estado y de los Defensores del Menor de las distintas comunidades autónomas.






Las demandas más frecuentes del niño emperador son: “dame”, “cómprame”, “tráeme”, y si no lo consiguen desatan toda su ira y agresividad (incluso física) contra sus progenitores, hermanos, profesores o compañeros.



Así relataba María su calvario con un hijo de 7 años: “Ya no puedo más, me siento impotente ante Carlos. Temo reñirle o simplemente decirle que está haciendo algo mal. El otro día, sin ir más lejos, porque no le dejé bajar al parque, porque tenía que hacer los deberes, comenzó a insultarme y me dio una patada que me hizo llorar. Además, con su hermana de cuatro años, siempre está peleando e incluso en ocasiones ha llegado a golpearla. Si le dejo que haga lo que quiera, no hay problema, pero en el momento que le exijo una disciplina responde con insultos o agresiones físicas”.



Carlos puede ser un ejemplo de niño emperador. Suelen ser inteligentes. No aguantan la más mínima frustración y a través de la agresividad verbal o física quieren imponer su ley. Son pequeños déspotas, que dan órdenes a los padres, intentan organizar la vida familiar y su comportamiento más frecuente es el chantaje.



A medida que van creciendo, también la posibilidad de manejo se va dificultando: de las pataletas pasan a la agresión física y del engaño o mentiras pasan a conductas claramente delictivas: robos, tráfico de drogas, etc. El niño emperador puede ser el camino inicial hacia una psicopatía con todas sus consecuencias: problemas con la justicia, conductas adictivas, etc., o bien a convertirse en un parásito, pues estos chicos suelen no tener ni oficio ni beneficio en su adultez.



Además, el niño emperador no tiene conciencia de lo que está mal o lo que está bien, pues carece de valores e incluso no manifiesta emociones de arrepentimiento, pena, perdón, solidaridad, etc. Es como si solamente existiera él y sus necesidades, pero sin tener en cuenta a los demás. El niño emperador no tiene capacidad de empatía.



Como contrapunto podemos encontrar que los padres son afectuosos, permisivos y defensores de una “falsa democracia” pues quieren ser amigos de sus hijos cuando en realidad son padres. La realidad es que una estructura familiar sana se sustenta sobre “la desigualdad”: los padres dictan las normas y los hijos deben cumplirlas. Esto sí amasadas por la comprensión, el diálogo, la negociación y el respeto mutuo. "Lo cortés no quita lo valiente". 



El panorama del niño emperador se completa con padres que no saben poner límites a las exigencias de los hijos, o con madres sobreprotectoras y padres ausentes y en familias disfuncionales (con graves patologías en sus progenitores) en los que el mecanismo que predomina es el de negación, como si de esta forma, al no percibir el problema, éste se solucionara por sí sólo.



La pregunta que nos hacíamos al principio de estas líneas sigue en pie: el niño emperador, ¿nace o se hace? ¿Es determinante la estructura familiar (luego se hacen) o la carga genética es la que condiciona estos comportamientos (luego nacen)?



Origen del niño emperador

Simplificando podemos afirmar que existen dos teorías principales: los que ponen el énfasis en la constitución genética y los que postulan como elemento decisivo, en la aparición del hijo emperador, la educación.



Vicente Garrido, psicólogo criminalista y profesor titular de la Universidad de Valencia, defiende la primera de las teorías: “Son niños -dice- que genéticamente tienen mayor dificultad para percibir las emociones morales”. En definitiva, el síndrome del emperador se caracteriza por la ausencia de conciencia moral. Por eso este tipo de niños puede aparecer en familias bien estructuradas con un comportamiento normal y con unos padres que no son permisivos ni tampoco negligentes.



Por el contrario, Javier Urra, psicólogo de la Fiscalía de Menores del Tribunal Superior de Justicia de Madrid, en su libro El pequeño dictador, pone el acento en la educación, afirmando que la herencia marca tendencia, pero lo decisivo en los comportamientos humanos es la educación, sobre todo, en los primeros años de vida.



Una tercera vía, en la que me sitúo, aporta un elemento más y considera que el niño es protagonista principal en la elaboración de su propia historia. Es decir, es cierto que en el interjuego de esas fuerzas (familia, escuela, amigos, constitución del individuo, etc.) es donde el sujeto, como canto rodado, va puliendo y configurando su propio estar y ser en el mundo. Pero esto no se hace de forma pasiva, solamente dejándose llevar, sino que cada persona aporta sus propios recursos, posibilidades y límites. Los trastornos comportamentales, pues, no se transmiten genéticamente como el color de los ojos, ni se contagian como el sarampión sino que, dependiendo de todas esas variables (constitución, educación, etc.), cada sujeto elabora las vivencias (afecto, rechazo, agresividad, etc.) de forma sana (salud mental) o de forma enferma (los trastornos comportamentales).



ALEJANDRO ROCAMORA BONILLA

Psiquiatra y catedrático de Psicopatología

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